domingo, 18 de octubre de 2015

Nada

Ya no queda nada. Se mira las manos endurecidas por el trabajo del campo y piensa que siempre las recuerda así de toscas, quizás algún día fueron ingenuas. Antes que él, su padre cuido las tierras y las ovejas. No ha sido una vida fácil pero los largos días de pastoreo en las altas laderas, no dejan de herirle las voluntades. Era una felicidad legítima, de aquellas que son incuestionables. Él no entiende de números pero le parecen verdades absolutas las tardes junto a Teresa, mirando arder la leña. Ella remendaba los descosidos de las vestiduras pero sobre todo los del alma, que están más quebrantados, como sus huesos.
Ya no queda nada. Un día Teresa se marchó después de la tormenta. Hubo de vender las ovejas, se fueron en un camión para servir de alimento a personas con corbata. Siguió cuidando la huerta bajo la mirada de su perro, ahora sin rebaño y tan achacoso como él. Pan y café y sobre todo recordar a Teresa.
Ya no queda nada. El perro yace sobre la cama de paja cerca del hogar. Se ha marchado antes que él. Eso sí ha sido una mala pasada, piensa y sin saber porque se mira las manos, le acaricia la cabeza y le perdona el abandono. Tres días después, el hombre que nació para morir deja ir el aliento que concluye la existencia. Le parece ver a Teresa junto al fuego y escuchar al perro ladrar a la aurora. Ya no queda nada.


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