viernes, 13 de febrero de 2009

Obsesión


Jorge Arana detuvo el coche lo más cerca del edificio, el portal se hallaba situado en una finca regia, típica del ensanche de Barcelona. La puerta de entrada era metálica, de hierro forjado, acabada en medio arco. “Aún era capaz de observar estos detalles” se dijo para sí mismo mientras notaba el sudor frío en las manos que se le habían quedado engarrotadas en el volante. Las retiró y se las froto contra la chaqueta del traje, luego cerró los puños y los abrió varias veces con la necesidad de relajar las articulaciones. Sobre todo era importante no dejar de mirar la entrada del número 68, aquella entrada de medio arco. Estaba completamente seguro que era allí donde Clara pasaba todas las tardes. Seguramente que en este preciso momento estaba en brazos de su amante.
Hacía meses que la vigilaba, se había despedido del trabajo con cualquier excusa, su jefe no lo entendió e intentó saber si se encontraba bien de salud. “Que coño le importaba a su jefe su salud. Hasta ahí podíamos llegar”, pensó. Había dejado de comer regularmente y casi fumaba tres cajetillas de tabaco. Por la noche, mientras Clara dormía sin saber, él la contemplaba. Escuchaba su respiración pausada y tranquila, abandonada al olvido del sueño. Se la veía tan desprotegida en esos momentos. Dos lágrimas mojaron el rostro de Arana. Se tapó el semblante con las manos y apretó hasta hacerse sangre con las uñas. Se la imaginaba teniendo sueños eróticos con su amante. “La odio” se decía pero en ese mismo momento se le producía un vacío en el estomago y en el corazón. “La amo tanto” se decía entonces. “Hay tan poca distancia entre el amor y el aborrecimiento, entre la devoción y el rencor”. Se sentía enfermo de celos y lo sabía pero era como una fuerza centrifuga que lo absorbía al fondo del abismo. Sabía que caía pero no podía dejar de hacerlo.

Se retorció las manos con gesto nervioso, buscó un paquete de cigarrillos entre los papeles de guantera, no los encontraba, lo tiro todo al suelo del vehículo y al fin dio con la cajetilla. Encendió uno y aspiró largamente el humo, luego mordisqueo la boquilla. No podía dejar ni un instante de mirar aquella puerta del número 68. tarde o temprano tendría que salir. Incluso puede que salieran juntos.

Después de tres horas, Jorge Arana tenía los ojos enrojecidos de mirar, había fumado tanto que no recordaba en que momento había vaciado el cenicero atestado de colillas. Tampoco sabía como había llegado aquella cosa fría y metálica a sus manos, recordó vagamente que la había comprado para una ocasión como aquella. Ya hacía tiempo de eso. De pronto Clara atravesó el umbral del número 68. Iba sola, en la mano llevaba un lienzo atado con una cuerda para poderlo sostener. Jorge no comprendió. Era tarde para comprender nada. Su cabeza giraba en un vértigo frenético, incluso podía oír las risas diabólicas del amante y de su mujer. Agarró la colt 49, abrió la puerta del coche y se lanzó en una delirante carrera hacía el abismo. Era allí donde quería estar.

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