miércoles, 4 de febrero de 2015

Coruña, 23 de enero de 1986

Como todas las noches, a las 10’30 horas, Alejandro Quiroga salió a correr. Hacia un frío glacial y una humedad del 90 por ciento. Al salir del portal de su casa, en la avenida Arteixo, sintió el golpe del cambio de temperatura. Se apretó la bufanda al cuello y se subió la cremallera de la sudadera hasta el final.  Corrió hasta alcanzar la Avenida Linares, luego la Marina, para llegar a las Ánimas y rodear todo el paseo Marítimo, subir hasta la Rosa de los Vientos y continuar por el Marítimo. Tardaba exactamente 1h y 16 minutos. Desde hacía cinco años no había dejado ni un solo día de hacer este recorrido, sólo en alguna rara excepción, en la que se veía obligado a salir de Coruña por cuestión de trabajo.
Hacía cinco años, Blanca decidió abandonarlo. Era una tarde de invierno lluviosa, como casi todas las tardes en Coruña, pero a él le pareció que aquella tarde el cielo y el mar cayeron sobre su alma. Las vio marchar con dos maletas y varias cajas pero, sobre todo recuerda como giraban las ruedas del cochecito de Clara, su hija. Nunca ha entendido porqué se borró casi todo de aquel hecho y las ruedas siguen girando en su cabeza. De aquella tarde oscura, las ruedas, fueron lo último que vio.
Desde entonces, siempre hace el mismo recorrido. Pasó diez meses en el centro de recuperación mental, aparte de la medicación para una tristeza que se había hecho crónica, le advirtieron que el ejercicio era imprescindible si quería recomponer su espíritu. Tenía que cansar el cuerpo y acallar la mente. La tristeza seguía atenazándole el ánimo pero, mientras corría una especie de libertad lo arrancaba de aquel hueco estrecho.

Aquella noche, como todas, subió por el camino empedrado hasta la Torre de Hércules y siguió corriendo hacia la Rosa de los Vientos. El sudor le resbalaba por el rostro y el viento helado cortaba su voz. Porque no se dio apenas cuenta, pero Alejandro Quiroga gritaba. Gritaba y corría. Y lloraba. Las ruedas del cochecito empezaron a girar cada vez más rápido, más rápido. Corría y gritaba y lloraba. La sombra de Alejandro Quiroga se perdió en el mar.

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